jueves, 10 de abril de 2008

VUELVE RANCHO BLANCO


SABADO 10 DE MAYO - 21:00HS CENTRO CULTURAL DEFENSA (Defensa 535)

A LA GORRA

Tuve una infancia que en su terrible intensidad, definió mi presente. Crecer en un pequeño pueblo, donde habían 40 casas y 200 personas, donde el motor de la luz se apagaba a las doce de la noche, donde no había televisión y el viento azotaba constantemente la vida de la gente, me convirtió en una persona que agudizó inevitablemente su capacidad de observación. En ese mirar a conciencia que se afilaba en mí, con el paso de los días, pude contemplar diversas y particulares formas de relación entre la gente y analizarlas a fondo, formé parte de ciertos códigos y patrones de conducta que aparecen en las relaciones que se forjan solo en comunidades tan chicas.

Crecí desarrollando mi imaginación, y creando mundos de ficción a los que me até de por vida, para siempre, que están en mí para que ahora pueda darles una forma viva a través del teatro que genero.

Al vivir en una zona rural, alejados de las grandes ciudades y al ser tan pocos en el pueblo, cada acontecimiento era único e irrepetible, y sucesos que en una ciudad pueden parecer cosa de todos los días, en Tres Lagos se magnificaban marcando para siempre la vida de las personas. Todos teníamos nombre y apellido, no éramos seres anónimos pujando por sobresalir, si no que el solo hecho de existir, era en sí, preponderante.

Cuando yo era chico, tenía la extraña particularidad de adelantarme a las tragedias y percibir claramente cuando un hecho desencadenante se acercaba, llámese intuición, o capacidad de delatar a los detalles que subyacen por debajo de los movimientos aparentemente normales y cotidianos. Rancho es una tragedia en si misma, late, es algo que se avecina, que está en el aire, que pulsa, es miedo en raciones, es algo que ya no regresa, pero que queda en la piel y modifica.
Rancho son aquellos días de paisanos acuchillados, aullidos de perro atravesando el campo, mujeres solas y hombres borrachos, chicos descubriendo su sexualidad en galpones.

Es olor a formol y a pasillo de salita sanitaria, es mi madre practicando una autopsia en madrugada con la luz de tres velas, son los caballos en el palenque, el río transparente y un cementerio a diez metros de mi casa. Es la gente bailando cumbia, y rancheras al ritmo de la orquesta zonal festejando el día del pueblo, son los borrachos tirados en la calle todos cagados, una mujer corriendo a su marido infiel con un arma en la mano, o yo espiando como un hombre se cogía a una perra que tenía mañana sobre un colchón. Es el mate en casa ajena y el olor a semen en la ropa sucia de esos hombres que tanto me atraían, es la fascinación por el feo y el ignorante, el morbo de escuchar y ver como dos criaturas mueren quemadas sin que nadie pueda hacer nada. Es el incesto y la lujuria, el chisme, y las habladurías, lo banal, lo sacro y lo sublime, lo simple y lo natural, el asado jugoso y el galgo muriendo de hambre atado a una piedra.

Es el nene retardado asomando su cabeza por la ventana a las tres de la mañana cuando todos duermen y yo haciéndolo entrar a mi casa para que duerma en el comedor por que tiene pena y frío, es el hombre gordo con cara de leñador que respiraba mal y que murió de cáncer de pulmón, es mi madre acercándose y yo apurado sacándome sus polleras. Es la ausencia de caricias en la cabeza y la aprobación del resto que nunca llegaba.

Son ellos y soy yo. El pueblo diminuto y yo. La estepa patagónica y yo. El viento metiéndose en los bolsillos de mis jardineros.

Todo y todos están en mí, de una nueva forma que reinvento, de esta forma teatral que me subyuga. Quisiera por un momento, cerrar los ojos, abrirlos y estar en medio de Tres Lagos, parado justo en el centro de alguna calle, con 10 años, en invierno, mientras la nieve cae lento y yo estoy llegando a mi casa después de jugar entre los árboles viejos y paredones que ahora están derrumbados.

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