domingo, 18 de julio de 2010

Crítica de Revista Siamesa



Quiero pasar una tarde con Franco,
lo nuevo de Martín Marcou

por Nico Pose


Valentino y Franco toman la merienda sin llegar a entenderse del todo bien. Recién se están conociendo, y Valentino con juegos trata de avasallar la timidez de Franco.

Se conocieron hace poco. Y tal vez, nunca se hubieran conocido si Valentino no hubiera sido robado, y si Franco no lo hubiera querido ayudar.

Ahora están en el comedor de la casa de Valentino, merendando, y mientras éste habla con el tímido Franco le pregunta qué galletita sería, o qué música cree él que tendría cada marca de galletitas, desde la Tía Maruca hasta Melba-que tienen nombres de viejas-; desde las variedades hasta las Tentaciones, y en todo caso, si la marca de alguna galletita puede llegar a definir la personalidad de alguien.

Ambos parecen acercarse de a poco, a medida que Valentino con su simpatía comienza a hacer ceder las resistencias que opone la timidez de Franco. Hasta que de repente, aparece la madre de Valentino en escena, y adiós a la intimidad, adiós a lo que se venía dando de a poco, adiós a lo que parecía nacer naturalmente entre ellos dos. Nada: silencio. De la tibia dulzura de la timidez de Franco a la extroversión impúdica de la madre de Valentino. Y de allí en más, todo se comienza a descontrolar. La familia, a Valentino lo condena. No es difícil ver por qué Valentino es cómo es cuando conocemos a su familia, y no es difícil darse cuenta por qué él quiere a Franco cuando éste contrasta tanto con su familia. Franco es paz, juego, intimidad, diálogo, y sabe escuchar... Su familia, es casi lo opuesto, siempre sostenida bajo la batuta que maneja su madre.

Martín Marcou, ya nos ha demostrado el talento que tiene para construir diálogos, para que éstos sean tan naturales, donde el juego con la oralidad siempre está presente en todas sus obras como una marca de autor. En este caso, su última obra no es la excepción, donde la familia de Valentino, una familia de clase media baja-el estrato que suele representar Marcou en sus obras-como sucedía en Lamevulva-, pronuncia palabras de otras lenguas sin naturalidad, de forma afectada, como lo hace la madre con budín,-en vez de decir, budín, ella dice búdin-, o con otras palabras. La risa de la platea se desprende con estos momentos tan imprevisibles en la obra como reales. Es en estos pequeños detalles donde se nota el trabajo que hace Marcou con la oralidad. En estos pequeños momentos se define un poco el sello que caracteriza a Marcou, y su gran interés por la perfección y la naturalidad de los diálogos. Claro que no solamente es eso, sino también la estética que sigue manteniendo este director, donde sus obras se hacen reconocibles por el humor mezclado con el drama, sin que estos dos se raspen, se contrasten o alteren la acción; todo lo contrario, se fusionan con naturalidad, y así, del humor se pasa rápidamente a una situación más dramática, cambiando la mueca del espectador en determinados tramos de la obra. Si bien esta última obra de Marcou es más graciosa que otras, no por eso deja de ser dramática. La diferencia está en que en ésta, se acentúa más la comedia sobre el drama, en esa familia disfuncional que afecta los destinos más inmediatos entre Franco y Valentino.

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