domingo, 4 de julio de 2010

Crítica Diario La Unión


Mientras siguen las discusiones sobre el proyecto de ley que establece el matrimonio homosexual, el teatro apuesta a la reflexión contando una cotidiana historia de amor. Además, Lola Ponce evitó la disputa con Granata, el circo Servian llega a Buenos Aires y Gerardo Rozín fue papá.

En un particular contexto donde la polémica por el matrimonio entre personas del mismo sexo vive un debate que parece interminable, existe un espacio que trata de quebrar el discurso de aquellos que se resisten a la libertad de elección.

“Quiero pasar una tarde con Franco” se presenta, desde hace una semana, todos los viernes a las 23 en la pequeña, pero acogedora sala La Tertulia, del barrio porteño del Abasto.

La síntesis argumental advierte “una merienda liviana que puede caer pesada”. La ficción es sencilla y entretenida. La historia es de un amor, inocente y tierno, entre dos jóvenes del mismo sexo. Pero la idea que subyace la obra va más allá de la vida cotidiana de una familia dentro de su casa. Habla de costumbres, de valores y de prejuicios.

Franco socorre a Valentino de un intento de robo y él, en agradecimiento, lo invita a merendar a su casa. Lo que comienza como una linda tarde de té y galletitas se convierte en un drama, muchas veces cómico, cuando entran en escena los miembros de la desopilante familia de Valentino: una madre omnipotente, el amanerado primo peluquero y sus hermanos; la mujer lenta y defectuosa y el varón, homofóbico.

En adelante, se combina lo más bizarro de la vida doméstica, las miserias humanas, con un toque de humor negro, y la vida rutinaria de una familia que en el interior de su casa muestra una gran diversidad, que no es sólo la sexual.

“Quiero pasar una tarde con Franco” cuenta con una trama sencilla, pero comprometida, que dejará pensando al espectador que cada persona debería ser respetada en su integridad como ser, más allá de su orientación sexual.

Martín Marcou es el autor y director que una vez más, elige una temática audaz, aunque con un título naif a comparación con sus anteriores piezas: “Desmesura Vaginal”, “Tortita de Manteca” o “Lame Vulva”. El dramaturgo lo explica a La Unión: “la diferencia es que antes apareció primero el título y en este caso fue, ante todo, la idea de contar una historia de amor con rasgos de humor”.

Marcou comenzó a perfilar esta obra hacia fines de 2009, cuando no estaba instalado en la sociedad el debate del matrimonio entre personas del mismo sexo. La “casualidad” alegra al director: “sólo pensé en tomar una posición, que no deja de ser política, pero sin quererlo se transformó en un aporte a la visibilidad. En este contexto, suma”.


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