sábado, 11 de septiembre de 2010

Crítica de Leandro Ibañez para Periódico Queer

Queer y Leandro Ibañez
recomiendan Quiero pasar una tarde con Franco



La nueva obra de Martín Marcou plantea
un análisis de la familia urbana y los roles
que a cada uno le son asignados




Quiero pasar una tarde con Franco, dramaturgia y dirección de Martín Marcou, plantea con tono de comedia, la existencia de roles dentro de la familia, en este caso una típica porteña de clase media-baja, en la que cada uno de los integrantes se encuentra atrapado en la reiterada interpretación de sus papeles, les gusten o no.

Valentino, el hijo menor de esta familia, invita a su salvador Franco, quien lo rescató de un robo, a merendar a su casa. Dos personajes antagónicos, el primero con algunas características flogger, interesado aún en cosas de adolescente y amante de la cultura popular más básica. Franco por su parte un profesor de literatura, defensor y militante de los derechos de las minorías sexuales, interesado en mandalas y acciones políticas. Uno eléctrico y gesticulador, el otro tranquilo y amante de la correcta utilización de las palabras; y aún siendo tan distintos se seducen mutuamente, se busca el uno al otro.

De repente la paz se ve interrumpida por la llegada del resto de los integrantes de la familia de Valentino. La madre, maleducada y grosera, el primo, superficial y frívolo, la hermana, lenta y relegada por la familia. Franco se encuentra en un hábitat que no es el que acostumbra, pero no se muestra incómodo o avasallado, sino contestatario y hasta despliega sus dones de defensor de causas perdidas ante la violencia que empieza a develarse sobre escenario.

Marcou consigue, mediante un lenguaje informal, con modismos urbanos y bordeando lo grotesco, hablar sobre la violencia existente en las familias, violencia no física, o por lo menos no la mayor parte de las veces, sino un tipo de violencia oculta a los ojos perezosos, en la que se encuentran inmersos estos personajes, donde una madre descarga todas sus frustraciones sobre sus hijos y en la que el vínculo en lugar de generarse desde el cariño y la protección, es a partir del defecto del otro, de la anécdota chabacana que produce más vergüenza que orgullo.

Y si hasta aquí los roles ya estaban bastante establecidos, la aparición del hermano mayor, vago, autoritario y vulgar, trae al conflicto un nuevo rol, el que la madre le permitió ocupar por ausencia de un padre: el de macho alfa del grupo. Lo escuchan y obedecen, no es un par de sus otros dos hermanos, sino que se ubica por encima de ellos. En conclusión, la clásica familia argentina que todo lo juzga desde su ignorancia, que cree tener la razón y el buen tino de indicarle a los demás la manera en que deben llevar adelante su vida.

Valentino, interpretación espontánea y fluida por Marco Gianoli, se encuentra en medio de dos polos opuestos, los valores que le inculcó su familia y los valores de una familia ajena, entre lo conocido y lo por conocer. Franco, una excusa necesaria dentro del guión para poder establecer esta diferencia radical, también cumple un rol, el del héroe salvador. Cabe destacar la precisión de los pequeños detalles, como el gesto del rostro, el movimiento de las manos y la posición corporal que cada uno de los actores adopta para interpretar a su personaje. Además del original cierre en que el público tiene la oportunidad de, mediante aplausos rítmicos, valorar el buen trabajo de este elenco.

Una vez finalizada la obra, y ya estando cada uno en su casa, es el público el que debe analizar cuál es su rol social, si lo eligió o si indefectiblemente se encuentra atrapado en él.


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