domingo, 31 de octubre de 2010

Crítica de Rodolfo Weisskirch

Quiero Pasar una Tarde con Franco

Quiero Pasar una Tarde con Franco

Dirección y autoría: Martín Marcou. Producción: Checha Amorosi. Diseño de Luces: Ariel Campos. Escenografía: Ana Paula Fort Canela. Elenco: Marco Gianoli, Hernán Lettini, Puchi Labaronnie, Rosario Sabarrena, Pedro Aggollia, Eugenio Davide. Prensa: Juan Bautista Britez.


La familia a veces no se elige, pero…

Valentino quiere pasar una tarde con Franco. Este le salvó la vida durante la madrugada y a cambio, Valentino lo invitó a merendar, y de paso, conocerse un poco más. El problema viene cuando llega la familia del anfitrión. En primer lugar la histriónica y egocéntrica madre, seguida por la introvertida y discriminada hermana, y un primo peluquero que quiere seducir a Franco. Por último, aparece el hermano mayor de Valentino, vago, pedante y misógino. Digamos, que a Franco, a pesar de ser respetuoso y determinado, no va a pasar una buena tarde, mientras es “juzgado” por la familia de Valentino.

Martín Marcou, director del grupo “Teatro Crudo” crea una comedia costumbrista kitsch muy inteligente y oportuna con los tiempos que corren. No es lo mismo decir oportuna que oportunista. No se trata de una obra sobre “la homosexualidad”, como algunos decidieron etiquetarla, sino una pintura social acerca de la hipocresía, prejuicio y autodiscriminación imperante en la mínima estructura que se integra en la sociedad: “la familia”.

Pero Marcou no decide hacer un juicio de los valores morales, sino una sátira extremista sobre el costumbrismo argentino y estereotipos sociales. Como un discípulo del siglo XXI de Jacobo Langsner o Roberto Cossa, nos reímos de la “miseria”. Léase esta como miseria interna de cada personaje social, que cada actor representa, y con los que de una forma u otra nos terminamos identificando. Al fin y al cabo, las obras más famosas de los dramaturgos mencionados previamente son, en realidad, espejos de nosotros mismos.

No hay que dejarse llevar por el título. Si se piensa que se trata de una obra superficial, se está muy equivocado, y eso queda bien claro, desde el primer acto. Valentino y Franco empiezan a conocerse mencionando marcas de galletitas, que remiten a nuestra cultura golosinera, y cuya relación de ideas, ayuda a entender la personalidad de cada personaje, su pasado y su presente.

Admito que no tenía expectativas cuando llegué a la Sala “La Tertulia”, pero este primer diálogo y la inteligencia con que es llevado a escena por Marcou, y especialmente por sus intérpretes (Gianoli y Lettini) abrió mi apetito. Y con la llegada de cada personaje, cada meticulosa pose, cada perfeccionista forma de hablar, la obra me pareció demoledora. No solamente se trata de dinamismo, ritmo y fluídez en cada situación que va aconteciendo, sino que además es imposible preveer lo que va a pasar.

Que después de ver tantas obras clásicas (y a pesar de la puesta en escena y temática, esta lo es en todo sentido y no lo digo en forma peyorativa) nos podamos encontrar con una estructura, que en el momento menos pensado tenga un giro sorpresivo, y completamente justificado es motivo suficiente para resaltar esta obra, que después de las risas lleva a la reflexión, y de la reflexión a la discusión.

Aun, cuando algunas situaciones que no necesitan explicaciones terminan siendo explicadas, Quiero Pasar una Tarde con Franco se sostiene gracias a un guión sólido e inteligente con personajes conocidos pero verosímiles, palpables. El elenco es soberbio, destacándose sobre todo Gianoli (Valentino) y Labaronnie (Marcela, la madre), pero tampoco hay que dejar de mencionar el difícil trabajo de Sabarrena en la composición de Rosario, la hermana de Valentino; Agollia como el primo de Valentino (si un director de cine machengo lo ve, se lo lleva a España); Davide y por supuesto, Lettini, en un rol que le pide mantener una postura corporal íncomoda, siendo el personaje que, quizás, más sirve de conector con el espectador.

No me gusta poner etiquetas, pero no sería demasiado denominar a la obra como una versión de Esperando la Carroza o 100 Veces no Debo dirigida por Pedro Almodovar, ya que posee lo mejor, en cuanto a pintura social de personajes de las primeras con lo mejor del tono y la estética del director mencionado.

Ahh… imperdible el número musical del final (aunque me hizo acordar de la película El “Franco” tirador).


Teatro: Sala “La Tertulia” – Gallo 826. Cap. Fed.

Reservas: 6327-0303

Funciones: Viernes a las 23 Hs hasta el 26 de noviembre.

Entrada: $ 40 - $30 (jubilados y estudiantes)

Para leer la nota original, hacer click sobre la imagen:

viernes, 29 de octubre de 2010

Entrevista de Leticia Hernando a Martín Marcou para CRITICA TEATRAL


Nació en Comandante Luis Piedra Buena, Santa Cruz. Actor, autor y director teatral. Licenciado en Enseñanza de las Artes Audiovisuales. (U.N.S.A.M) - Egresado de la carrera de Dirección y Producción de Cine y TV (Buenos Aires Comunicación). Estudió guión en el S.I.C.A (Sindicato de industria Cinematográfica Argentina) Actuación en el IUNA y a nivel particular. Como docente ha dictado seminarios de actuación para adolescentes y adultos en Argentina y Chile. En el año 2006 creó el grupo de teatro TEATRO CRUDO.

CRITICA TEATRAL: Contanos sobre tus influencias.
MARTÍN MARCOU: En mi adolescencia, además de leer bastante, fui atravesado por el cine de Krzysztof Kieslowski; su decálogo, la trilogía, Bleu, Blanc, Rouge y La doble vida de Verónica, fueron películas que me subyugaron, la manera en la que retrata al ser humano, y su forma existencial de ver las relaciones, al mismo tiempo que pone en crisis los valores morales, fueron determinantes para mí. Más acá en el tiempo el cine de Mike Leigh, con sus dramáticas comedias sociales y el de Jane Campion con su romanticismo intenso, también me movilizaron bastante.
En televisión amaba sentarme frente a la TV a mirar No toca Botón con el negro Olmedo, y Las gatitas y ratones de Porcel yo tenía once años cuando estos programas estaban en el aire, mi mamá no me dejaba mirarlos, pero yo iba a la casa de mi abuela a dormir, (aunque no tenía ganas) para poder verlos. Había algo en el humor popular y chabacano que me encantaba. Juana y sus hermanas se volvieron fundamentales en mi cita con la caja boba. Juana Molina y esos personajes tan bordes me volvían loco, también miraba grandes valores del tango, (me encanta ese género musical) Festilindo y La Extraña Dama, la novela más exitosa de los 90’. Pero si hay algo que realmente me generaba excitación y magnetismo, era ver los sketches de Urdapilleta y Tortonese en el Palacio de la Risa de Antonio Gasalla. Me partieron la cabeza. Me parecían lo más. Amaba su irreverencia, su impunidad. Me parecían unos adelantados para la época. Fueron riquísimos para mí imaginación.

CT: ¿Y cuando llegaste a Buenos Aires, qué cosas te marcaron?
MM: Llegué en el año 1997, tuve el gran privilegio de ver a Urdapilleta y Tortonese nada más y nada menos que en La Moribunda. No lo podía creer, vibré de principio a fin. Fue un sueño cumplido, primero los gocé en televisión y después verlos en vivo y en directo fue una caricia al alma. Producían un gran evento de energías, que sacudía tu butaca y tu cabeza. A raíz de esa admiración por el trabajo de ellos, comencé a investigar acerca de la figura de Batato Barea. Tengo todos los libros que se escribieron sobre él, y he visitado su casa – museo varias veces. También apenas llegué vi algo del periférico de los objetos, obras de Omar Pacheco, y las piezas de Federico León: Cachetazo de campo y Mil quinientos metros sobre el nivel de Jack. Otro de los trabajos que me marcó mucho fue una obra de Mariana Obersztein que vi en el 2002: Lengua madre sobre fondo blanco.
En la actualidad me gusta mucho y disfruto el de teatro de Mauricio Kartún, Ciro Zorzoli, Gustavo Tarrío, Mariano Pensotti y Romina Paula.

CT: Siendo egresado de la carrera de Dirección y Producción de Cine y TV ¿por qué elegiste hacer teatro? ¿Para qué, para quién, para contar que cosa?
MM: El otro día leyendo una entrevista que le hicieron a Jean Luc Lagarce descubrí que a esas preguntas él respondió que entre otras cosas, él hacía teatro para sentirse menos solo. Me sentí sumamente identificado con esa respuesta. El teatro me ha sanado y salvado.
Yo descubrí el teatro desde muy chico, y no lo largué más. Las artes escénicas fueron mi forma primaria de manifestarme. Nunca lo hice como un juego, desde un primer momento entendí que podía decir cosas, y que el teatro es político. Que se puede generar pensamiento crítico además de entretener.

CT: ¿Cuándo y cómo nace Teatro Crudo?
MM: Teatro Crudo es mi grupo de pertenencia que comencé a construir ladrillo a ladrillo hace muchos años. Pero que recién en el 2006 cuando pedí ayuda para revocar las paredes y poner el techo, pude comenzar a habitar. La verdad es que siempre me sentí sapo de otro pozo, nunca me gustó lo que a la mayoría le gusta. Cuando se hace lista de dramaturgos y directores legitimizados padres del teatro contemporáneo, si bien respeto el trabajo y la trayectoria de cada uno, es bastante común que no me pase nada con ellos. Es por eso que considero que la mejor manera de poder sentirme a gusto con el tipo de teatro que a mí me gustaría ver, es tratar de fabricarlo con todo lo que eso implica. En estos 4 años he logrado encontrarme con gente que confía en mi propuesta, y hemos ido moldeándola hasta darle mayor hondura. Soy una persona laboriosa, y no me quejo nunca, ese es uno de los pilares de mi trabajo seguramente perfectible y que siempre está en vías de desarrollo. El espacio que forjé es netamente experimental. Es un lugar donde el error tiene su protagonismo, no me importa equivocarme, por que en eso encuentro puentes para el aprendizaje, acepto mis límites y todo el tiempo los estoy desafiando. En mi estilo lo real aparece en escena, lo crudo está dado por la visceralidad que atraviesan las situaciones. En todo lo que hago estoy yo y mis sentidos vibrando a flor de piel. El mío es un trabajo de hormiga, muy artesanal. Es perseverancia pura. Soy muy sensorial e intuitivo. Así trabajo.

CT: ¿En qué lugar estás como creador y trabajador teatral?
MM: Al principio cuando asomé la cabeza, enseguida aparecieron las comparaciones. La gente necesita parangones para poder ubicarte en un lugar, y analizar tu trabajo desde ahí. Como si la desfachatez, lo sanguíneo, lo políticamente incorrecto fuese patrimonio de unos pocos. Mucho de los títulos de mis obras son como yo. Son arriesgados. En ellos entran mi historia, mis alegrías y mis mayores decepciones y dolores. Me interesa contar historias truculentas, la vida doméstica de los otros, lo imprevisible y lo sufriente, lo desconcertante, lo que no se puede clasificar. Creo que pertenezco a una generación que aún tiene muchas cosas para decir, yo nací en plena dictadura, con el advenimiento de la democracia daba mis primeros pasos en este mundo y al crecer entendí el peso de nuestra historia. Considero una falacia la idea de que ya se dijo todo, o que la globalización, la aparición de los medios digitales, y la posmodernidad han contribuido a la banalización absoluta de los discursos. Yo en lo personal estoy comprometido con la época en la que vivo, y todo lo que hago responde a una lectura concienzuda sobre el todo que me rodea. Me queda mucho camino por andar, mucho pacto por establecer con mi teatro para sacarlo adelante, para que se vuelva un fiel reflejo de todo lo que voy siendo a medida que el paso del tiempo me modifica.

CT: ¿Desde donde comienza tu construcción de un espectáculo?
MM: En este último tiempo, lo primero que llega a mí cabeza es el título de la pieza teatral que aparece de pronto, como si me asaltase cuando menos lo imagino, y de ahí van desprendiéndose el resto de los elementos que la configurarán. Aparece un primer borrador en mi mente de una posible historia que generalmente va mutando mucho con el correr de los días. Primero me autorizo a irme al carajo y divago mucho, y pienso fluido en los personajes. Para que funcione es esencial que pueda reírme mientras me voy imaginando las situaciones, esa es una buena señal. Necesito cagarme de risa con lo que voy a hacer, así esté contando algo terrible. Luego a medida que avanzo voy descartando, recortando, hasta que elijo, que generalmente es problemático, por que uno deja cosas potencialmente interesantes afuera. También hay ideas que reposan durante mucho tiempo y luego rescato. No tengo reglas fijas. A veces en dos días escribo una obra que luego voy corrigiendo y a veces tardo meses en estar medianamente conforme con un texto. En otras oportunidades voy a los ensayos con una idea base, con textos sueltos y los actores mediante dramaturgia de ensayos se encargan del resto, luego el espacio donde montemos la obra termina de cerrar la propuesta, que siempre se va re significando. Me divierten mucho los cambios intempestivos y me resultan necesarios. Ha pasado de que un actor se aprenda un texto y lo ensaye durante un par de meses y levantarme un día y que ese texto deje de existir. Además una vez que la obra está en escena, cuando lo pruebo en el espacio si hay algo que me hace ruido no tengo problema en modificarlo, lo mismo hago con las luces, la escenografía, o el vestuario.

CT: ¿Cual fue tu producción este año?
MM: Este año solo estrené una obra; Quiero pasar una tarde con Franco, con la cual estoy muy contento, es una historia de amor muy actual, que me ha dado muchas satisfacciones. Y repuse dos espectáculos: Brillosa y Tortita de Manteca (que va por su tercera temporada).

CT: ¿No es demasiado?
MM: No es que haga muchas obras a la vez. Se acumulan por que se extienden en el tiempo. Mantener una obra en cartel es una cruzada personal. Montar un espectáculo es muy trabajoso como para que solo esté dos meses en cartel, por eso además de hacer la temporada formal en Buenos Aires, mis obras van a festivales y son presentadas en espacios no convencionales, hemos montado obras en iglesias abandonadas, penales de máxima seguridad, en plazas, bosques, bares, gimnasios, una fábrica metalúrgica y hasta en un pueblo indígena. Y mi intención es seguir investigando la cuestión de la dramaturgia de espacio. En este momento estoy volviendo a leer a Peter Brook, y sus concepciones sobre lo espacial, y estoy fascinado.

CT: ¿Qué es lo que se viene?
MM: Estoy ensayando para estrenar en el 2011 una obra que se llama Te estaba esperando. Me está costando mucho, nunca un trabajo me había costado tanto como este. Es una obra muy emocional. Termino desvastado después de cada ensayo, pero estoy contento con el elenco de actrices que elegí para este proyecto, porque son fieles al propósito, más allá de los vaivenes propios del proceso creativo, ellas atraviesan airosas las mesetas en la que uno es proclive a caer cuando se obsesiona con el detalle, y dosifican sus paciencias con gran altruismo. Por otro lado quiero contar una historia con canciones, para lo cual estoy trabajando en un texto que se llama Dejala a Mónica (que así como la vez va a llegar muy lejos) que es la historia de amor de una chica muy fea, pero con un nivel de inteligencia altísimo, que se enamora del hijo de un poderoso empresario del campo. Y en breve comenzaré a armar elenco para mi espectáculo Hugo Roberto, que será un thriller policial.

http://www.teatrocrudo.blogspot.com/


Leticia Hernando

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